Mi abuelo amaba las mariposas como, entonces, le amaba yo a él. De espaldas anchas, hasta parecía esconder un par de alas bajo la chaqueta. En nuestra cita diaria con el bosque, se apoyaba en su bastón y con los ojos protegidos por un raído sombrero de ala ancha, me hablaba de los lepidópteros.
Conocía sus nombres científicos y cuando los recitaba parecía un mago lanzando conjuros: Papillo Linneaus, Iphiolides Podalicios, Incidis io Linneo, Zagris Eupheme Esper. Yo le escuchaba. También en sus prolongados y reflexivos silencios en los que sólo dejaba escapar una espesa respiración. Fue en uno de los últimos días de agosto cuando vimos posada sobre el tronco de un árbol una Grisaella Isabelae, la reina de las mariposas. Grande como una mano, con forma de cometa y de color verde.
Los dos nos quedamos mirándola. Yo sabía qué mariposa era, me había hablado de ella durante todo el verano. La reconocerás nada más verla, me había dicho. Cuatro ocelos y dos antenas con forma de cepillo. Ahora estaba allí, no había duda. No había otra mariposa como esa. Como había hecho otras tantas veces la fui a coger. Pero esta vez él me detuvo poniéndome con rapidez el bastón en el pecho.
Permanecimos clavados firmemente sobre la tierra. Notaba su pulso a través del bastón. Su tensión me inquietaba. Después de unos instantes, en los que no me atreví a decir nada, aquella estaca de madera comenzó a temblar levemente sobre mi camiseta. Trémulo, el pulso de mi abuelo se desarbolaba. Pensaba que la emoción de ver aquella mariposa le estaba desbordando.
Pero ni aquella mariposa ni yo nos dimos cuenta hasta que todo había acabado. El bastón voló. Con un ágil movimiento, mi abuelo la reventó y estampó un colorido sello en el árbol. El estruendo de ambas maderas chocando se propagó con eco por el bosque. Yo me quedé sin respiración. Aún en silencio, mi abuelo se recolocó la chaqueta sobre los hombros y con la mirada ardiente me pidió que nunca hablara de aquello con nadie. Luego, de camino a casa me fue recitando más y más nombres de mariposas, como un mago lanzando maldiciones.
"La meticulosidad conduce a menudo a la tiranía" (Rudolf Allers)
jueves, 23 de junio de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
LA CRISIS ANUMÉRICA
1 de enero de 2009
En el despacho del más alto mandatario de una institución monetaria la temperatura es agradable y huele a café recién hecho. Está sentado ante una mesa en cuyos bordes reposan papeles meticulosamente ordenados, llenos de números largos como gusanos. El respaldo del sillón, de cuero negro y brillante, sobresale por encima de su cabeza, mientras afuera los barrenderos adecentan las calles vacías del año nuevo. Juguetea con un bolígrafo, pero no tiene ningún papel delante porque sólo está pensando. En el fondo ya tiene decidido que no va a hacer nada, ahora sólo busca razones que sostengan esa voluntad. Se dice a sí mismo que ya se han puesto en los mercados muchos millones para ver si, como la sangre o la savia, dan vida al cuerpo moribundo. Piensa que nadie puede esperar que una sola persona sea capaz de sostener ella sola un sistema que ha fallado a todos los niveles y que, por su propia naturaleza, debería remontar el vuelo con sus propias alas. Piensa que, por el contrario, corre el riesgo de pasar a la posteridad como el responsable de la quiebra más escandalosa de la historia reciente, que es mejor dejar las cosas estar un tiempo y no dilapidar a fondo perdido la solvencia de algo que nunca debería ser insolvente, aún a sabiendas de que, si todo sale bien, la cosa podría dar el giro necesario. ¿Qué pasaría si se demostrase que Dios se ha equivocado aunque sólo fuera una vez? Hasta Dios deja estar de vez en cuando. También sabe que todo esto puede pensarlo mañana, pero se recuerda que en su día prometió no descansar un solo minuto y se convence de que allí sentado es lo que está haciendo sin que nadie pueda reprocharle nada.
2 de enero de 2009
Es día de vuelta al trabajo, pero ¿qué trabajo? El presidente del más prestigioso banco de un país europeo, y de sus tentáculos continentales, es consciente de que, de momento, no habrá más ayudas de los de arriba. Las anteriores se han disuelto como las primeras gotas de lluvia sobre un terreno yermo y sediento. El dinero llovido del cielo se ha perdido por las grietas abiertas al otro lado del mundo. No se puede hacer nada salvo cerrar la casa con cerrojo y esperar a que pase el invierno. Es mejor no conceder un crédito más, aunque lo pidan aquellos que podrían devolverlo con un pestañeo. Nadie sabe que el vellocino de oro pasa por horas bajas. Si se supiese cundiría el pánico y eso sería malo para todos, se perdería la fe. Es mejor esperar y minimizar el riesgo. Si al menos el Estado pusiese algo de su parte…pero si lo hiciera, o con sólo insinuarlo, estaría dando entender que la cosa es más grave de lo que se cuenta. El presidente tampoco se atreve a pedirlo, al final todo se acaba sabiendo y un murmullo anumérico puede ser más letal que una mala estadística. Es mejor dar la orden de cerrar las compuertas y mirar por la ventana desde el piso 21 a ver qué pasa.
3 de enero de 2009.
El presidente del primer banco nacional ha vuelto a recibir la misma respuesta de los últimos meses: No. No porque nadie confía en él pese a que su solvencia está más que probada. Sabe muy bien que ha llegado la hora de pagar por los pecados cometidos. Que algunos hayan construido un imperio a base de ladrillos a medio secar no le resta culpa, porque él mismo les vendió el barro. Por eso mira las obras de arte que a cuenta de la obra social hay en su despacho y piensa si acabará teniendo que venderlas y si hay alguien que pueda comprarlas sin tener que pagarlas a plazos. Al menos tiene claro que si a él no le dan de beber tampoco puede dar de beber al sediento y eso le tranquiliza. Debe ser el Estado el que abra las compuertas, aunque eso, lo sabe bien, sea hacerle partícipe de una culpa que no es suya. Lo malo es que, aunque así fuese, el agua tardaría en llegar a sus jardines, por lo que todo esfuerzo no sería más que flor de un día. Es hora de llamar por teléfono a sus clientes de toda la vida y decirles que esta vez tampoco y que mejor se lo pidan a quien ya saben. Antes eso que jugársela a ver si la gente responde.
4 de enero de 2009
El presidente de la empresa acaba de colgar el teléfono y se pone en pie. Se gira y mira por la ventana. Aquellas vistas son prodigiosas. Un enjambre de personas van y vienen. Desde allí no se puede ver su ansiedad, por eso mejor no acercarse. Mientras se sube el pantalón y se ajusta los tirantes mira al suelo y se da cuenta de que nunca ha estado sobre esa porción de moqueta. Parece que ahora toca conquistar nuevos espacios, aunque no sabe muy bien cuales. Por lo pronto, si todo es cuestión de confianza, como le acaba de decir el presidente del banco con el que hablaba, será mejor dar tranquilidad. Por eso, la prioridad ahora es no permitir que los próximos resultados reflejen la menor caída de los beneficios. Así que si el dinero no entra al menos habrá que asegurarse de que no salga. Eso es lo que le dirá esta misma tarde a su consejo de administración, que tiene tan pocas ganas como él de empezar a coger el metro en lugar del coche de la empresa. Esta misma tarde encargará que le elaboren la lista, no harán falta nombres y apellidos, no hay por qué hilar tan fino, sería hasta indigno.
5 de enero de 2009
Antonio se ha presentado en recursos humanos. Querejeta le dice que espere mientras abre la agenda y repasa con el dedo una serie de asuntos apuntados en la casilla del 5 de enero. Después coge el teléfono: Hola señor, le llamaba para decirle que ahora mismo haré efectiva su orden y para felicitarle…es el cumpleaños de su hija ¿no? Tras esta breve conversación tacha una de las tareas del día y se dirige a Antonio, que se recompone la camisa. Todo se resume en un sobre y en un léalo atentamente y si tiene alguna duda consúlteme. Antonio sabe de qué se trata porque a dos compañeros, de los de siempre, les acaban de dar un sobre igual. Además de la rabia, le pasa por la cabeza una extraña sensación de arrepentimiento por la comida de los miércoles en el restaurante caro de la zona, el capricho de los miércoles. También le sobrevuela la duda de si marcharse ya o esperar a acabar la jornada.
6 de enero de 2009
Samuel aún está frotándose las legañas y poniéndose las zapatillas. Hace frío. En el salón le esperan Antonio y Ángeles cogidos de la mano. Anoche ya se lo dijeron todo, estaban de acuerdo en que había sido mejor ser previsores porque sus malos augurios se han cumplido. Nada más llegar al salón Samuel se tira al suelo delante de tres paquetes coronados por un lazo. En seguida empieza a desenvolver cada uno de ellos. Primero el libro de adivinanzas, luego un montón de calcetines con estampados de animales y finalmente un globo terráqueo deshinchado. Samuel les mira con los ojos algo confusos. ¿Y el coche teledirigido? ¿Y el fuerte y los indios? ¿Y la equipación de su equipo preferido? Antonio y Ángeles se agarran más fuerte mientras él dice que el globo lo hincha ahora mismo con una bomba que tiene en el altillo. Ángeles trae el roscón y le pide a Antonio que lo corte. Al primer tajo aparece el haba. Vaya –dice Ángeles con un tono forzado—te ha vuelto a tocar pagar a ti. Siempre pagamos los mismos, responde él. En el suelo, Samuel sigue con el globo terráqueo deshinchado entre las manos, como esperando que alguien lo hinche de una vez, mientras lo mira con la mirada del único que no entiende nada.
Dedicado al Movimiento 15-M
En el despacho del más alto mandatario de una institución monetaria la temperatura es agradable y huele a café recién hecho. Está sentado ante una mesa en cuyos bordes reposan papeles meticulosamente ordenados, llenos de números largos como gusanos. El respaldo del sillón, de cuero negro y brillante, sobresale por encima de su cabeza, mientras afuera los barrenderos adecentan las calles vacías del año nuevo. Juguetea con un bolígrafo, pero no tiene ningún papel delante porque sólo está pensando. En el fondo ya tiene decidido que no va a hacer nada, ahora sólo busca razones que sostengan esa voluntad. Se dice a sí mismo que ya se han puesto en los mercados muchos millones para ver si, como la sangre o la savia, dan vida al cuerpo moribundo. Piensa que nadie puede esperar que una sola persona sea capaz de sostener ella sola un sistema que ha fallado a todos los niveles y que, por su propia naturaleza, debería remontar el vuelo con sus propias alas. Piensa que, por el contrario, corre el riesgo de pasar a la posteridad como el responsable de la quiebra más escandalosa de la historia reciente, que es mejor dejar las cosas estar un tiempo y no dilapidar a fondo perdido la solvencia de algo que nunca debería ser insolvente, aún a sabiendas de que, si todo sale bien, la cosa podría dar el giro necesario. ¿Qué pasaría si se demostrase que Dios se ha equivocado aunque sólo fuera una vez? Hasta Dios deja estar de vez en cuando. También sabe que todo esto puede pensarlo mañana, pero se recuerda que en su día prometió no descansar un solo minuto y se convence de que allí sentado es lo que está haciendo sin que nadie pueda reprocharle nada.
2 de enero de 2009
Es día de vuelta al trabajo, pero ¿qué trabajo? El presidente del más prestigioso banco de un país europeo, y de sus tentáculos continentales, es consciente de que, de momento, no habrá más ayudas de los de arriba. Las anteriores se han disuelto como las primeras gotas de lluvia sobre un terreno yermo y sediento. El dinero llovido del cielo se ha perdido por las grietas abiertas al otro lado del mundo. No se puede hacer nada salvo cerrar la casa con cerrojo y esperar a que pase el invierno. Es mejor no conceder un crédito más, aunque lo pidan aquellos que podrían devolverlo con un pestañeo. Nadie sabe que el vellocino de oro pasa por horas bajas. Si se supiese cundiría el pánico y eso sería malo para todos, se perdería la fe. Es mejor esperar y minimizar el riesgo. Si al menos el Estado pusiese algo de su parte…pero si lo hiciera, o con sólo insinuarlo, estaría dando entender que la cosa es más grave de lo que se cuenta. El presidente tampoco se atreve a pedirlo, al final todo se acaba sabiendo y un murmullo anumérico puede ser más letal que una mala estadística. Es mejor dar la orden de cerrar las compuertas y mirar por la ventana desde el piso 21 a ver qué pasa.
3 de enero de 2009.
El presidente del primer banco nacional ha vuelto a recibir la misma respuesta de los últimos meses: No. No porque nadie confía en él pese a que su solvencia está más que probada. Sabe muy bien que ha llegado la hora de pagar por los pecados cometidos. Que algunos hayan construido un imperio a base de ladrillos a medio secar no le resta culpa, porque él mismo les vendió el barro. Por eso mira las obras de arte que a cuenta de la obra social hay en su despacho y piensa si acabará teniendo que venderlas y si hay alguien que pueda comprarlas sin tener que pagarlas a plazos. Al menos tiene claro que si a él no le dan de beber tampoco puede dar de beber al sediento y eso le tranquiliza. Debe ser el Estado el que abra las compuertas, aunque eso, lo sabe bien, sea hacerle partícipe de una culpa que no es suya. Lo malo es que, aunque así fuese, el agua tardaría en llegar a sus jardines, por lo que todo esfuerzo no sería más que flor de un día. Es hora de llamar por teléfono a sus clientes de toda la vida y decirles que esta vez tampoco y que mejor se lo pidan a quien ya saben. Antes eso que jugársela a ver si la gente responde.
4 de enero de 2009
El presidente de la empresa acaba de colgar el teléfono y se pone en pie. Se gira y mira por la ventana. Aquellas vistas son prodigiosas. Un enjambre de personas van y vienen. Desde allí no se puede ver su ansiedad, por eso mejor no acercarse. Mientras se sube el pantalón y se ajusta los tirantes mira al suelo y se da cuenta de que nunca ha estado sobre esa porción de moqueta. Parece que ahora toca conquistar nuevos espacios, aunque no sabe muy bien cuales. Por lo pronto, si todo es cuestión de confianza, como le acaba de decir el presidente del banco con el que hablaba, será mejor dar tranquilidad. Por eso, la prioridad ahora es no permitir que los próximos resultados reflejen la menor caída de los beneficios. Así que si el dinero no entra al menos habrá que asegurarse de que no salga. Eso es lo que le dirá esta misma tarde a su consejo de administración, que tiene tan pocas ganas como él de empezar a coger el metro en lugar del coche de la empresa. Esta misma tarde encargará que le elaboren la lista, no harán falta nombres y apellidos, no hay por qué hilar tan fino, sería hasta indigno.
5 de enero de 2009
Antonio se ha presentado en recursos humanos. Querejeta le dice que espere mientras abre la agenda y repasa con el dedo una serie de asuntos apuntados en la casilla del 5 de enero. Después coge el teléfono: Hola señor, le llamaba para decirle que ahora mismo haré efectiva su orden y para felicitarle…es el cumpleaños de su hija ¿no? Tras esta breve conversación tacha una de las tareas del día y se dirige a Antonio, que se recompone la camisa. Todo se resume en un sobre y en un léalo atentamente y si tiene alguna duda consúlteme. Antonio sabe de qué se trata porque a dos compañeros, de los de siempre, les acaban de dar un sobre igual. Además de la rabia, le pasa por la cabeza una extraña sensación de arrepentimiento por la comida de los miércoles en el restaurante caro de la zona, el capricho de los miércoles. También le sobrevuela la duda de si marcharse ya o esperar a acabar la jornada.
6 de enero de 2009
Samuel aún está frotándose las legañas y poniéndose las zapatillas. Hace frío. En el salón le esperan Antonio y Ángeles cogidos de la mano. Anoche ya se lo dijeron todo, estaban de acuerdo en que había sido mejor ser previsores porque sus malos augurios se han cumplido. Nada más llegar al salón Samuel se tira al suelo delante de tres paquetes coronados por un lazo. En seguida empieza a desenvolver cada uno de ellos. Primero el libro de adivinanzas, luego un montón de calcetines con estampados de animales y finalmente un globo terráqueo deshinchado. Samuel les mira con los ojos algo confusos. ¿Y el coche teledirigido? ¿Y el fuerte y los indios? ¿Y la equipación de su equipo preferido? Antonio y Ángeles se agarran más fuerte mientras él dice que el globo lo hincha ahora mismo con una bomba que tiene en el altillo. Ángeles trae el roscón y le pide a Antonio que lo corte. Al primer tajo aparece el haba. Vaya –dice Ángeles con un tono forzado—te ha vuelto a tocar pagar a ti. Siempre pagamos los mismos, responde él. En el suelo, Samuel sigue con el globo terráqueo deshinchado entre las manos, como esperando que alguien lo hinche de una vez, mientras lo mira con la mirada del único que no entiende nada.
Dedicado al Movimiento 15-M
viernes, 22 de abril de 2011
BLUE
Esta es la primera entrada que escribo directamente en el blog. No soy un blogero, esa es la verdad. Pero no por eso tienen menos urgencia estas letras. Están sonando de fondo los Jayhawks, eso demuestra que no miento.
Era sólo para decir algo que mi garganta barrunta hace unos cuantos meses. La verdad --quiero que todo el mundo sepa que cuando digo la verdad es que quiero decir la verdad-- pues eso, que la verdad está escrita en las paredes del baño del Templo del Gato.
Todo el mundo sabe que alguien con un par de copas de más es alguien sincero. Pues imaginémosle con un bolígrafo, un cigarrillo y una pared de cuatro metros cuadrados o algo más delante de sí. Tantos baldosines en los que escribir.
Tantos años y nunca me había puesto nada. Es la pintada que más me pone los pelos de punta. Me parece tremendo que alguien selle de esa manera la primera esnifada de su vida. Otra pintada habla de Lorca. Otra es una oda a la amistad, otra a la necesidad de sentirse vivo (eso me parece cuando la leo), otra es un chiste fácil. Otra es un violín. Sí, que pasa, es un violín.
Esta noche he invitado a una chica a que entre en los baños del Templo del Gato. Al de los tíos. Le ha gustado más que el de las chicas. Sé que tiene razón. He entrado allí, me ha invitado. Ha sido bonito ese intercambio de intimidades.
Esta noche se acostará sabiendo que la verdad está escrita en la paredes del baño de los tíos del Templo del Gato. Yo he estado allí. Y me gustan los Jayhawks. Algún día escribiré el estribillo de Blue en esas paredes. De verdad.
Era sólo para decir algo que mi garganta barrunta hace unos cuantos meses. La verdad --quiero que todo el mundo sepa que cuando digo la verdad es que quiero decir la verdad-- pues eso, que la verdad está escrita en las paredes del baño del Templo del Gato.
Todo el mundo sabe que alguien con un par de copas de más es alguien sincero. Pues imaginémosle con un bolígrafo, un cigarrillo y una pared de cuatro metros cuadrados o algo más delante de sí. Tantos baldosines en los que escribir.
Tantos años y nunca me había puesto nada. Es la pintada que más me pone los pelos de punta. Me parece tremendo que alguien selle de esa manera la primera esnifada de su vida. Otra pintada habla de Lorca. Otra es una oda a la amistad, otra a la necesidad de sentirse vivo (eso me parece cuando la leo), otra es un chiste fácil. Otra es un violín. Sí, que pasa, es un violín.
Esta noche he invitado a una chica a que entre en los baños del Templo del Gato. Al de los tíos. Le ha gustado más que el de las chicas. Sé que tiene razón. He entrado allí, me ha invitado. Ha sido bonito ese intercambio de intimidades.
Esta noche se acostará sabiendo que la verdad está escrita en la paredes del baño de los tíos del Templo del Gato. Yo he estado allí. Y me gustan los Jayhawks. Algún día escribiré el estribillo de Blue en esas paredes. De verdad.
lunes, 7 de marzo de 2011
NIDO DE GORRIONES
Esta mañana desperté arropado hasta las cejas, pero el último recuerdo que tengo de la noche anterior es el de estar medio dormido en un parque, bajo unos árboles. Las cañas de los viernes en el bar de debajo de la oficina a veces se complican. No tengo ni idea de cómo llegué a casa, ni de quien me quitó el traje, aunque puede que me ayudara el becario nuevo. Fui el único que le dirigió la palabra, aunque fuera para torturarle ronda tras ronda con mis batallitas.
El caso es que el sol del mediodía que entraba por la ventana me despertó y nada más abrir los ojos noté un sabor muy agrio en la lengua. Algo realmente repugnante. A trompicones me fui corriendo al baño. Rodeado de azulejos blancos y delante del espejo, vi que tenía el pelo cardado, como si me lo hubiera untado con resina, y una hoja seca agarrada a la oreja derecha. Por si fuera poco, la barba, más crecida de lo habitual, parecía precipitarse buscando el suelo.
"Tengo que darme una ducha y arreglar esto", pensé. Pero lo más urgente era quitarse ese maldito sabor amargo de entre los dientes. Me seguía atormentando, aunque aún no lo había podido identificar. Cepillo en mano, abrí la boca y en ese momento vi algo ahí dentro que me hizo cerrarla en un gesto instintivo.
Me concentré y noté un pequeño temblor entre la lengua y el paladar. No me atrevía a mirar. Nervioso, apoyé las manos en el lavabo y separé los labios por si podía ver algo entre los dientes. En efecto, tenía un pequeño palito saliendo de entre los incisivos. Pero no me atrevía a mirar. Todo sucedió como si yo no fuera el dueño de mi boca. Tras algo así como un pinchazo, las mandíbulas se me soltaron y vi mi boca abierta de par en par.
El mundo se me vino encima y una especie de mareo me azotó como azota un vendaval.
Un pequeño nido estaba alojado en mi boca, con sus ramitas haciendo un cuenco marrón, con sus restos de plumas enganchadas y con sus cuatro huevecillos calientes. Sólo un pensamiento, el que más temía, el que siempre había temido, cruzó volando mi cabeza: Mierda, voy a ser padre.
Nunca me he sentido preparado para ello. ¿Cómo dar de comer a esas criaturas?¿Cómo cogerlas sin que se caigan? ¿Qué valores inculcarles? ¿No voléis por ese robledal no sea que os hagáis daño? ¿Cómo enseñarles a volar?
Derrumbado, estaba dispuesto a meterme en la cama con la boca cerrada para no salir más, pero al menos una pregunta sí tenía respuesta: ¿De qué especie son mis hijos?
He mirado en Internet. Huevos blancos con pintas marrones. No hay duda, son como los míos. ¡De gorrión! ¡Joder, qué cutre! No he podido evitarlo. Las aves son aves y los gorriones son pájaros. Pero en seguida me he sentido dolido por hablar así de mis propios hijos.
He seguido investigando un poco más. Por su colorido y las cosquillas que ya me hacen en la lengua creo que están a punto de eclosionar, así que he pensado que mañana bajaré a por unas cuantas lombrices. Supongo que podré encontrarlas en cualquier parque. Y también, por cierto, tengo que ir pensando en qué digo el lunes en el trabajo. Llamaré a primera hora para decir que estoy incubando algo. Así, sin más detalles, que ya me da vergüenza mentir.
Es de noche y aquí estoy, metido en la cama, un sábado, arropado hasta las cejas y con la boca cerrada. Esperando como quien espera en los pasillos de maternidad. Primero, a mis polluelos y, segundo, a ver si el becario nuevo o el Centro Nacional de Ornitología me dan una respuesta a esto que me ha pasado. Mi última novieta me dijo: "No te creas tan especial. Llegará un día en que querrás echar raíces y te apetecerá estar tranquilo, en casa, con tu familia y esas cosas. Como todo el mundo". Yo me descojoné en su cara y me pedí otra cerveza.
El caso es que el sol del mediodía que entraba por la ventana me despertó y nada más abrir los ojos noté un sabor muy agrio en la lengua. Algo realmente repugnante. A trompicones me fui corriendo al baño. Rodeado de azulejos blancos y delante del espejo, vi que tenía el pelo cardado, como si me lo hubiera untado con resina, y una hoja seca agarrada a la oreja derecha. Por si fuera poco, la barba, más crecida de lo habitual, parecía precipitarse buscando el suelo.
"Tengo que darme una ducha y arreglar esto", pensé. Pero lo más urgente era quitarse ese maldito sabor amargo de entre los dientes. Me seguía atormentando, aunque aún no lo había podido identificar. Cepillo en mano, abrí la boca y en ese momento vi algo ahí dentro que me hizo cerrarla en un gesto instintivo.
Me concentré y noté un pequeño temblor entre la lengua y el paladar. No me atrevía a mirar. Nervioso, apoyé las manos en el lavabo y separé los labios por si podía ver algo entre los dientes. En efecto, tenía un pequeño palito saliendo de entre los incisivos. Pero no me atrevía a mirar. Todo sucedió como si yo no fuera el dueño de mi boca. Tras algo así como un pinchazo, las mandíbulas se me soltaron y vi mi boca abierta de par en par.
El mundo se me vino encima y una especie de mareo me azotó como azota un vendaval.
Un pequeño nido estaba alojado en mi boca, con sus ramitas haciendo un cuenco marrón, con sus restos de plumas enganchadas y con sus cuatro huevecillos calientes. Sólo un pensamiento, el que más temía, el que siempre había temido, cruzó volando mi cabeza: Mierda, voy a ser padre.
Nunca me he sentido preparado para ello. ¿Cómo dar de comer a esas criaturas?¿Cómo cogerlas sin que se caigan? ¿Qué valores inculcarles? ¿No voléis por ese robledal no sea que os hagáis daño? ¿Cómo enseñarles a volar?
Derrumbado, estaba dispuesto a meterme en la cama con la boca cerrada para no salir más, pero al menos una pregunta sí tenía respuesta: ¿De qué especie son mis hijos?
He mirado en Internet. Huevos blancos con pintas marrones. No hay duda, son como los míos. ¡De gorrión! ¡Joder, qué cutre! No he podido evitarlo. Las aves son aves y los gorriones son pájaros. Pero en seguida me he sentido dolido por hablar así de mis propios hijos.
He seguido investigando un poco más. Por su colorido y las cosquillas que ya me hacen en la lengua creo que están a punto de eclosionar, así que he pensado que mañana bajaré a por unas cuantas lombrices. Supongo que podré encontrarlas en cualquier parque. Y también, por cierto, tengo que ir pensando en qué digo el lunes en el trabajo. Llamaré a primera hora para decir que estoy incubando algo. Así, sin más detalles, que ya me da vergüenza mentir.
Es de noche y aquí estoy, metido en la cama, un sábado, arropado hasta las cejas y con la boca cerrada. Esperando como quien espera en los pasillos de maternidad. Primero, a mis polluelos y, segundo, a ver si el becario nuevo o el Centro Nacional de Ornitología me dan una respuesta a esto que me ha pasado. Mi última novieta me dijo: "No te creas tan especial. Llegará un día en que querrás echar raíces y te apetecerá estar tranquilo, en casa, con tu familia y esas cosas. Como todo el mundo". Yo me descojoné en su cara y me pedí otra cerveza.
jueves, 6 de enero de 2011
GARRAPATA
Leía un libro tranquilamente en la terraza cuando me he dado cuenta de que mi perro lleva una media hora lamiéndome con insistencia la pierna izquierda. En algunos momentos había notado que algo me picaba, así que con la otra pierna me he estado rascado hasta hacerme sangre.
No podía seguir leyendo en esas condiciones, así que he dejado el libro sobre la mesita en la que habitualmente reposo mi cerveza y donde se tuesta un geranio, y le he echado un vistazo a la pierna. La he visto más peluda que de costumbre. Entre el pelo he tratado de ver la herida, pero para mi sorpresa me he encontrado esa fabulosa y oronda garrapata.
En tanto, mi perro se ha quedado sentado, mirándome, como esperando a ver qué era capaz de hacer o como si de pronto le gustaran mis movimientos. Era la curiosidad con la que se suele admirar algo, aunque tratándose de un perro, bien podría estar esperando que me quitara la garrapata para que le llevara cuanto antes a la calle a jugar. Porque aunque todo el mundo piense que los amos sacamos a pasear a los perros, más bien es al contrario.
Un vez vi en un programa de la tele que lo mejor para quitar una garrapata era quemarla, pero no me la he querido jugar, no vaya a ser que me queme la pierna entera, como se queman las alfombras de polen en los parques.
Luego he pensado que quizás filtrando la luz por el culo del vaso de la cerveza conseguía hacer el mismo efecto, pero al darme la vuelta para apurarla, me he encontrado a mi perro sentado en la tumbona de al lado, metiendo su lenguaza en el vaso y emitiendo después un sonoro eructo, como el que me apetece soltar a mi veces y que no lanzo por no parecer más un animal que un hombre.
Mientras, la garrapata seguía ahí, chupándome la sangre y produciéndome un horrible picor. ¿Qué podía hacer?. A veces la soluciones más complicadas resultan ser las más fáciles, así que he aplicado sobre la garrapata un poco de insecticida del que utilizo para los pulgones de los geranios y se ha soltado automáticamente.
Con la garrapata en la mano, me he quedado mirándola, tan fabulosa y oronda, y en cuanto he visto al perro se le he tirado encima. Sé que le ha prendido fuerte, porque en seguida se ha empezado a rascar. Luego he sacado otra cerveza de la nevera, he mirado como se rascaba mi perro, porque me admira su elasticidad, he retomado el libro y he seguido con mi lectura con cada cosa en su sitio.
No podía seguir leyendo en esas condiciones, así que he dejado el libro sobre la mesita en la que habitualmente reposo mi cerveza y donde se tuesta un geranio, y le he echado un vistazo a la pierna. La he visto más peluda que de costumbre. Entre el pelo he tratado de ver la herida, pero para mi sorpresa me he encontrado esa fabulosa y oronda garrapata.
En tanto, mi perro se ha quedado sentado, mirándome, como esperando a ver qué era capaz de hacer o como si de pronto le gustaran mis movimientos. Era la curiosidad con la que se suele admirar algo, aunque tratándose de un perro, bien podría estar esperando que me quitara la garrapata para que le llevara cuanto antes a la calle a jugar. Porque aunque todo el mundo piense que los amos sacamos a pasear a los perros, más bien es al contrario.
Un vez vi en un programa de la tele que lo mejor para quitar una garrapata era quemarla, pero no me la he querido jugar, no vaya a ser que me queme la pierna entera, como se queman las alfombras de polen en los parques.
Luego he pensado que quizás filtrando la luz por el culo del vaso de la cerveza conseguía hacer el mismo efecto, pero al darme la vuelta para apurarla, me he encontrado a mi perro sentado en la tumbona de al lado, metiendo su lenguaza en el vaso y emitiendo después un sonoro eructo, como el que me apetece soltar a mi veces y que no lanzo por no parecer más un animal que un hombre.
Mientras, la garrapata seguía ahí, chupándome la sangre y produciéndome un horrible picor. ¿Qué podía hacer?. A veces la soluciones más complicadas resultan ser las más fáciles, así que he aplicado sobre la garrapata un poco de insecticida del que utilizo para los pulgones de los geranios y se ha soltado automáticamente.
Con la garrapata en la mano, me he quedado mirándola, tan fabulosa y oronda, y en cuanto he visto al perro se le he tirado encima. Sé que le ha prendido fuerte, porque en seguida se ha empezado a rascar. Luego he sacado otra cerveza de la nevera, he mirado como se rascaba mi perro, porque me admira su elasticidad, he retomado el libro y he seguido con mi lectura con cada cosa en su sitio.
lunes, 15 de noviembre de 2010
EL HIJO DEL PROFESOR
Me costó mucho soportar el murmullo de la gente durante el entierro de mi padre. Me rechinaba el rozar de los zapatos en la arena, los llantos, las toses y esos cuchicheos, como de colegiales indisciplinados en clase de ciencias. Un santo varón, le encumbró el cura.
Dicen que al día siguiente alguien creyó ver escrito con tiza sobre su lápida negra No volverás a joderme la vida. Cien veces. El chaparrón de aquella noche casi lo había borrado por completo.
Como si fuera un episodio bíblico, lo que en principio fue un amable atardecer se tornó en nubes y en un débil chispear. Las tardes de otoño en la escuela veía caer esas primeras gotas al otro lado de la ventana. El niño que no quería salir del aula para jugar con los charcos ni volver a casa. Me quería quedar allí, en clase, para siempre.
Ser el hijo del profesor no fue fácil. Hubo que sacrificar el balón y la rayuela por el estudio, como el joven que es consciente del don de la juventud y no la malgasta, como los demás. Muchos de los que fueron aquel día al camposanto, a regañadientes, lo sé, pudieron ser mis compañeros de juegos, pero nunca le llegaron a la suela de los zapatos ni a Verne ni a Kipling.
Hoy veo el poso que mi padre dejó en el pueblo y me siento reconciliado con mi propia vida. El camposanto se ha llenado. Todos me han dado el pésame como si en lugar de haberse ido un hombre, lo hubiera hecho un ángel. He sentido cómo la responsabilidad de ser quien soy me ha venido como un traje a medida, como si le estuviera suplantando y los honores fueran para mí. Y es así como he reprimido mis lágrimas, aunque alguna, como es lógico y es lo esperado, sí que he derramado.
Don Basilio, como todo el mundo le llamaba, era una eminencia. En los cafés, en los comercios y hasta en la iglesia. El cura de la parroquia en la que yo estaba de monaguillo me lo repetía a todas horas:
- Santo varón tu padre. Qué buen ejemplo para la comunidad. Qué suerte tienes muchacho, y que buena suerte tengo yo con que te haya traído aquí.
Yo le escuchaba mientras sacaba brillo a las vinajeras. Con sus palabras aún flotando en el eco de la vicaría las levantaba al aire para comprobar que no tenían ni una huella sobre el metal y veía mi reflejo, deformado, de un enfermizo color amarillento.
Yo no seré el próximo profesor, por si alguien está pensando en ello. Aunque he aprendido muchas cosas de aquello de mandar y ser mandado. Cuando algo así ocurre dicen que queda grabado a fuego en tu cabeza. Bien puede grabarse en la espalda, como si fueran los renglones de una lección. Mi lección particular.
En el camposanto se ha quedado esta tarde un extraño sentir, aún más extraño para mí. El cura no paraba de repetir que aquel santo varón había hecho tanto en vida que obligado era que se fuera pronto. Yo le daba la razón una y otra vez.
He pedido a todos que me dejaran salir el último del cementerio. Quería quedarme un rato más a solas con mi padre, el profesor, para decirle algo. Después de un rato, he salido en silencio para ir a casa a descansar en paz.
Dicen que al día siguiente alguien creyó ver escrito con tiza sobre su lápida negra No volverás a joderme la vida. Cien veces. El chaparrón de aquella noche casi lo había borrado por completo.
Como si fuera un episodio bíblico, lo que en principio fue un amable atardecer se tornó en nubes y en un débil chispear. Las tardes de otoño en la escuela veía caer esas primeras gotas al otro lado de la ventana. El niño que no quería salir del aula para jugar con los charcos ni volver a casa. Me quería quedar allí, en clase, para siempre.
Ser el hijo del profesor no fue fácil. Hubo que sacrificar el balón y la rayuela por el estudio, como el joven que es consciente del don de la juventud y no la malgasta, como los demás. Muchos de los que fueron aquel día al camposanto, a regañadientes, lo sé, pudieron ser mis compañeros de juegos, pero nunca le llegaron a la suela de los zapatos ni a Verne ni a Kipling.
Hoy veo el poso que mi padre dejó en el pueblo y me siento reconciliado con mi propia vida. El camposanto se ha llenado. Todos me han dado el pésame como si en lugar de haberse ido un hombre, lo hubiera hecho un ángel. He sentido cómo la responsabilidad de ser quien soy me ha venido como un traje a medida, como si le estuviera suplantando y los honores fueran para mí. Y es así como he reprimido mis lágrimas, aunque alguna, como es lógico y es lo esperado, sí que he derramado.
Don Basilio, como todo el mundo le llamaba, era una eminencia. En los cafés, en los comercios y hasta en la iglesia. El cura de la parroquia en la que yo estaba de monaguillo me lo repetía a todas horas:
- Santo varón tu padre. Qué buen ejemplo para la comunidad. Qué suerte tienes muchacho, y que buena suerte tengo yo con que te haya traído aquí.
Yo le escuchaba mientras sacaba brillo a las vinajeras. Con sus palabras aún flotando en el eco de la vicaría las levantaba al aire para comprobar que no tenían ni una huella sobre el metal y veía mi reflejo, deformado, de un enfermizo color amarillento.
Yo no seré el próximo profesor, por si alguien está pensando en ello. Aunque he aprendido muchas cosas de aquello de mandar y ser mandado. Cuando algo así ocurre dicen que queda grabado a fuego en tu cabeza. Bien puede grabarse en la espalda, como si fueran los renglones de una lección. Mi lección particular.
En el camposanto se ha quedado esta tarde un extraño sentir, aún más extraño para mí. El cura no paraba de repetir que aquel santo varón había hecho tanto en vida que obligado era que se fuera pronto. Yo le daba la razón una y otra vez.
He pedido a todos que me dejaran salir el último del cementerio. Quería quedarme un rato más a solas con mi padre, el profesor, para decirle algo. Después de un rato, he salido en silencio para ir a casa a descansar en paz.
domingo, 17 de octubre de 2010
UNO MÁS EN DELHI
Caos en los barrios, motocicletas y bicis suicidas. Coches viejos en los que viajan indios delgados y sonrientes bajo un cielo plagado de rapaces. Los niños se agolpan a tu paso y te piden dinero diciendo al mismo tiempo "luego, luego", que es lo que oyen a los turistas españoles.
En la gran mezquita, con los pies descalzos, cruzo una majestuosa entrada flanqueada por cúpulas atestadas de palomas. De fondo, más niños, mujeres, hombres, todos se lavan las manos en el agua estancada antes de ofrecer sus oraciones.
La elegante tumba de Gandhi, un mausoleo rodeado de naturaleza en el que reina la no violencia. Chicos que se cogen por los hombros, como si fueran novios. Son los ayudantes del conductor y utilizan sus brazos como intermitentes. En esas uñas hay una marca que dice que ya han votado en las últimas elecciones. Más de 2.000 subcastas y más de 300.000 dioses. Más de 17 millones de personas en Delhi.
Cuando alguien enfoca su cámara, ellos posan con profunda mirada porque les puede la curiosidad o porque desconocen qué pasa. En los mercados, empalmes de cables sobre una caótica calle que igual sirve de reposo a una vaca que a un grupo de monos. Tiendas que venden coches por piezas, alfombras, frutas, pescado, pollos vivos, chivos con la cabeza cortada.
Ruido y más ruido antes de cenar con el embajador. Edificios y ministerios vacíos cuando a la 13.00 los funcionarios salen en la hora del recreo.
Todos nos pitan porque la pobreza es atrevida y no tiene nada que perder. Y todo en medio de una niebla que no se sabe en qué proporción es polución o calima. Por la noche, en el hotel Taj Mahal, unos bombones me dan la bienvenida junto a una tarjeta con una cita de Keats: "O magic sleep!...great key to golden places". Mañana daré forma a todas esta notas...
En la gran mezquita, con los pies descalzos, cruzo una majestuosa entrada flanqueada por cúpulas atestadas de palomas. De fondo, más niños, mujeres, hombres, todos se lavan las manos en el agua estancada antes de ofrecer sus oraciones.
La elegante tumba de Gandhi, un mausoleo rodeado de naturaleza en el que reina la no violencia. Chicos que se cogen por los hombros, como si fueran novios. Son los ayudantes del conductor y utilizan sus brazos como intermitentes. En esas uñas hay una marca que dice que ya han votado en las últimas elecciones. Más de 2.000 subcastas y más de 300.000 dioses. Más de 17 millones de personas en Delhi.
Cuando alguien enfoca su cámara, ellos posan con profunda mirada porque les puede la curiosidad o porque desconocen qué pasa. En los mercados, empalmes de cables sobre una caótica calle que igual sirve de reposo a una vaca que a un grupo de monos. Tiendas que venden coches por piezas, alfombras, frutas, pescado, pollos vivos, chivos con la cabeza cortada.
Ruido y más ruido antes de cenar con el embajador. Edificios y ministerios vacíos cuando a la 13.00 los funcionarios salen en la hora del recreo.
Todos nos pitan porque la pobreza es atrevida y no tiene nada que perder. Y todo en medio de una niebla que no se sabe en qué proporción es polución o calima. Por la noche, en el hotel Taj Mahal, unos bombones me dan la bienvenida junto a una tarjeta con una cita de Keats: "O magic sleep!...great key to golden places". Mañana daré forma a todas esta notas...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)