"La meticulosidad conduce a menudo a la tiranía" (Rudolf Allers)



lunes, 26 de julio de 2010

DULCE DESAYUNO EN LJUBLJANA

Anna o Irena, da igual, nos vio entrar en la panadería bajo un cartel amarillo. Como los campos de cereales, pensé. El mostrador era lo suficientemente bajo como para dejar ver gran parte de su cuerpo y, por supuesto, su cara.

Llevaba varios días en Ljubljana buscando algo que escribir, así que pensé: ¿Puede un cabello tan rubio casi convertirse en blanco, como una montaña nevada? ¿Y unos ojos tan azules hacer que den ganas de bañarse en ellos como en un día de calor?. Era evidente que no estaba en racha. Me parecieron aproximaciones sin valor a unas palabras que debían merecer aún más la pena. ¿Y puede una nariz tan imperfecta sumar en lugar de restar hasta lograr un conjunto armónico y gracioso?, volví a pensar.

Sí, y más aún cuando la risa no abandona la mirada durante un par de minutos. Lo que se tarda en decidir entre un bollo de queso y un donut de chocolate.

- ¿Esto es queso?- pregunté.
- Excuse me?.
- Cheese – y con las manos hice un gesto para recrear un queso imaginario.
- Oh, yes.

Y dijo algo más mientras nos miraba, pero no se le entendía nada, porque se estaba partiendo de risa. Yo la observaba risueño también porque me volvía a explicar que el bollo era de queso. Pero ya me daba igual lo que había en los mostradores. Un donut, this one, prosim.

Lo volvió a intentar, pero de nuevo estalló su risa ¡Dime!, ¿1,20 euros?. ¡Ah, uno con veinte!. Subía y bajaba la cabeza, dirigida por un boca de dientes blancos, sobre la que reposaba una nariz imperfecta, bajo unos ojos en los que me bañaría en una tarde de calor, para luego secarme tumbado en la ladera de una montaña nevada donde crecen campos de cereales.

Todo ocurrió así de rápido. El donut estaba realmente bueno, creo que volveré mañana. Pensé.

MIGAS Y HORMIGAS

Hace mucho tiempo que las hormigas decidieron trasladarse a la grieta que se abre entre el número 8 de la calle Claudio Coello y la acera, justo al otro lado del subterráneo que comunica con el Parque del Retiro, su antigua morada. La razón fue puramente práctica. La panadería contigua al nuevo hormiguero les suministra a diario sobras que nunca se agotan y para las que apenas hay que recorrer dos metros de distancia.

-Eso es el progreso, pero la pregunta es ¿cuánto estamos dispuestos a pagar por ello? –se pregunta un hombre.

Con el periódico en la mano y blandiendo una barra de pan en la otra, dibuja una interrogación en el viento, mientras otro, frente a él, le da la razón con sutiles movimientos de cabeza y con más silencios que palabras. Sin prisa, ambos hablan del cambio climático, sobre la necesidad de ponerse en marcha cuanto antes, ya que el tiempo apremia.

A sus pies, una hormiga con la boca hambrienta de bollería industrial (vaya invento, piensa su ser más desarrollado) y las antenas en nervioso movimiento espera ansiosa a que caiga alguna miga. Al rato, mientras pierde la esperanza, escucha el impulso de su propia naturaleza y, como cada día, corre a cruzar el subterráneo para reencontrarse con el parque.

Por fin, recorre la distancia oscura y sale al exterior en El Retiro. Pero, antes de avanzar un poco más, se queda mirando las copas de los árboles y trata de destilar una emoción. Dejémosla pensar.

Ya de vuelta, la hormiga se siente satisfecha de su escapismo. Saborea el bálsamo que proporciona dar rienda suelta a lo más primitivo y sucumbir al poder de los instintos, nos lleven donde nos lleven. Es duro subir la rampa del subterráneo antes de llegar al hormiguero.

La hormiga se percata de que aquellos hombres siguen allí, y uno, barra de pan en mano, sostiene que lo del desarrollo sostenible de las ciudades hay que empezar a tomárselo en serio, antes de que sea demasiado tarde. Ella hace una última parada para ver si le caen algunas migajas. Al parecer el calentamiento global ya se está haciendo notar y no hay tiempo que perder. Menos mal que aún existen parques como El Retiro, auténticos pulmones para los urbanitas.

Esta vez la hormiga no espera tanto tiempo y prefiere seguir rumbo a casa. Antes de entrar por la grieta de la ciudad se detiene un momento en un último esfuerzo por sublimar la emoción que en cada ocasión le produce el trayecto. El caso es que cuando sale del subterráneo al Retiro se siguen oyendo los coches, pero cuando vuelve a emerger en Claudio Coello ya no se escuchan los pájaros.

viernes, 25 de junio de 2010

EL VIOLIN DE SCARLET

Aún no sabe hablar, pero le gusta Hurricane, la canción de Bob Dylan. Mi amigo Luis, su padre, me lo dice orgulloso al otro lado del teléfono mientras nos ponemos al día sobre cómo nos va la vida. Siempre, de una forma u otra, acabamos hablando de música. Esta vez el tema ha surgido cuando le he preguntado por la niña.

Él me ha hablado de 'Huracán' Carter, el boxedor al que está dedicada la canción. Un afroamericano condenado a cadena perpetua por un triple asesinato del que siempre se exculpó y en cuya inocencia Dylan creyó lo suficiente como para componer, sin que sirviera de precedente, una nueva canción protesta pasados los años 70.

Yo le he comentado (siempre lo hago) el regalo que me supone para los oídos el violín que Scarlet Rivera grabó para la posteridad en los surcos de la canción y cómo siempre espero a que Dylan calle la boca para que entren sus notas. Me parece de esos momentos mágicos que tiene la música de los que nunca me canso de hablar.

Nos despedimos y me pongo a escuchar 'Desire', el disco que abre Hurricane, lo pongo de fondo mientras me pego una ducha antes de salir a tomar algo con Íñigo y una banda que ha venido a tocar a Madrid desde Canarias, a la que ha estado ayudando estos días con el sonido.

Mientras ajusto la temperatura del agua me acuerdo que Hurricane era una de las canciones que más ponía en la primera casa que alquilé. El disco era de Pablo, un fanático de Dylan con el que viajé hasta Londres para verle en dos conciertos en 24 horas. En casa había unos cuantos vinilos de Dylan y sonaban especialmente bien en aquel equipo de música. Quizás fuera el salón o que era mi primera casa de alquiler.

He quedado con Íñigo en que iríamos a Malasaña. Me apetece tomar una copa en el Mercurio. Desde que lo han pintado y han puesto una especie de murales con las caras de Janis Joplin, Jimi Hendrix y muchos otros me parece más acogedor.

El 'pincha' se está luciendo y ante mi cara de envidia empieza a desempolvar vinilos de Deep Purple, Credence Clearwater Revival y Pink Floyd. “El vinilo suena diferente”, le digo a Íñigo, que se ríe de mi cuando hago un comentario de esos. Con un ron en la mano nos sentamos en una de las mesas esperando a que lleguen los músicos. Es entonces cuando empieza a sonar Hurricane.

Le interrumpo y le pido que escuche el violín. Ya estoy enchufado y simulo que yo también lo toco, aunque en la vida he tenido uno encima. A él también le gusta, pero sé que no tanto como a mi. Es paciente y me aguanta toda la canción, que es larga y puede que monótona. Cuando acaba ya estoy de vuelta del éxtasis y seguimos hablando.

Íñigo siempre es un buen aliado para hablar de música y enseguida estamos enredados con otra canción, otro disco, otra idea. Pero cuando llegan los músicos todo se multiplica. Son una banda enorme que hace un espectáculo experimental e incluso utilizan un arco de violín para sacar sonidos de una guitarra eléctrica. Hablamos, reímos, nos pisamos las palabras e intercambiamos ideas sobre lo único que se puede hablar en ese momento.

El saxofonista, cuyo nombre desconozco, es un tipo maduro, con un canoso pelo largo, que sostiene que si la música es un lenguaje se puede perfectamente mantener una conversación entre varios instrumentos. Y dice además que puesto que las conversaciones no están previamente escritas, la improvisación es la esencia de la música. Me da qué pensar.

El Mercurio se está llenando y vamos a otra parte. Algunos de ellos están cansados porque llevan días sin parar y mañana tienen que estar temprano en el aeropuerto para facturar todos sus bártulos, que son muchos. Sólo el batería y el encargado de hacer sonidos con una máquina que no entiendo, aunque me lo ha explicado, siguen adelante.

La noche acaba en otro bar de rock por la zona del Conde Duque. Al entrar divisamos un hueco en el que entramos todos y nos repartimos para hacernos con algo de bebida. Me pongo a mirar los cuadros y fotografías de las paredes y rápidamente me topo con una de Bob Dylan, de 1976, el año en que grabó Hurricane. No sé que pasará durante las próximas horas pero, por lo pronto, me pregunto ¿dónde acaba la música y dónde empieza la vida?.

martes, 25 de mayo de 2010

IDEAS

Cuando me meto en la cama y apago la luz me suelen venir a la cabeza montones de ideas. Se me acumulan inquietas como hormigas a las puertas de su agujero, sólo que más que querer entrar, siento que me salen por las orejas. Algunas desaparecen a la mañana siguiente y otras se quedan alojadas en mi consciencia durante muchos días, quizás porque son las mejores. O eso creía hasta ahora.

Esta mañana me he levantado temprano y mientras hacía la cama he descubierto una idea debajo de la almohada. Seguramente se me salió por la oreja en medio del colapso creativo que sufrí antes de quedarme dormido.

En seguida la reconocí. Era un proyecto de relato en el que un chico de ciudad viaja con sus padres al pueblo de sus abuelos para pasar el verano. El chaval, que es un caprichoso y no hace más que patalear y quejarse porque le espera un mes entero de aburrimiento y calor, acaba entablando una relación muy profunda con su abuelo, que es un tipo misterioso, quijotesco, y que sólo habla de mariposas. Las llama por su nombre científico, de forma que cuando los pronuncia parece que lanza conjuros: Papillo Linneaus, Iphiolides Podalicios, Incidis io Linneo, Zagris Eupheme Esper.

En ese punto debí perder el hilo y no me acuerdo de nada más. Creo que no supe seguir adelante con la historia y la dejé ahí, a la mitad, ni dentro de mi cabeza ni lo suficientemente descartada como para no echarla en falta nunca más.

Me daba pena dejarla acurrucada debajo de la almohada, así que antes de salir de casa la metí en uno de los bolsillos de la chaqueta a la espera de saber qué hacer con ella.

Había quedado con una amiga para comer y desde el primer plato no pude dejar de pensar en ese extraño habitante que portaba en mi bolsillo. Me parecía hasta una falta de respeto estar con ella, pero sin ella, aunque a estas alturas ya se hubiera acostumbrado a vivir en las medias tintas.

Sentía que debía hacer algo. Dejarla marchar o llevármela de vuelta a casa para darle el trato que, al fin y al cabo, toda idea se merece. Qué decir, mis dudas eran enormes, así que en un momento dado interrumpí las palabras de mi amiga y opté por enseñarle la imaginación descarriada para ver si me sugería qué debía hacer con ella.

Fue rápido. Supongo que no era una idea de las buenas, porque tal cual se la enseñé la entró por una oreja y le salió por la otra. Luego seguimos comiendo como si tal cosa.

sábado, 22 de mayo de 2010

6.20 DE LA MAÑANA

En medio de la noche cerrada puedo ver el intermitente derecho del taxi reflejado en los cristales del coche de al lado. Todo el mundo espera a que el semáforo se ponga en verde. La gente se impacienta después de horas y horas derrochadas en los bares. Son las 6.10 de la mañana de un sábado que ya he vivido antes y en la radio suena una canción de los Black Eyed Peas. Estoy lejos de casa, así que puedo reconocer que esa canción me gusta.

El taxista saca medio brazo por la ventanilla aunque está lloviendo, mientras yo me acuerdo de muchas chicas a las que no me he atrevido a acercarme. Cada noche es igual. No se sus nombres, pero los imagino: Laura, Marta, Sandra. Creo que esta vez se llamaba Natasha.

Sólo quiero despertarme y que al girar la cara alguien me mire a los ojos, me de los buenos días y me quiera lo suficiente como para invitarme a desayunar con las ganas de hacerlo mañana también.

Y escucho a los Black Eyed Peas. El taxista maldice al coche de delante, ajeno a lo que de verdad importa. Tengo la sensación de que se siente solo y de que nadie le ha cogido jamás la mano para decirle que mañana, en la resaca, seguirá con él.

Pero ahí fuera llueve y los intermitentes se reflejan. Son las 6.20. Un sábado más. Dormiremos hasta que se haya hecho domingo. El sol sólo sale para los que lo comparten, para el resto sólo hay nubes. Son pensamientos que se me vienen encima. Rompo el silencio y le digo al taxista: "Sabe usted, lo único que de verdad importa es el amor". Luego seguimos nuestro camino por las calles de Varsovia.

miércoles, 14 de abril de 2010

MI SARGENTO DICE

La estación es un puto caos. No se distingue a las personas de las gallinas y no para de entrar y salir gente con cara sospechosa. Huele mal, quizá porque estoy al lado de los baños. Antes he entrado y había una cartera robada en el retrete y un tipo huesudo lavándose los pies en el lavabo. Creo que éste es el peor lugar del mundo para esperar un autobús.

Ya llega. Es verde, discreto, con dos filas de asientos y un pasillo central algo estrecho. La gente se arremolina como cerdos para subir los primeros con todos sus bultos. Esperaré para entrar el último. Así podré mirarles a la cara a cada uno de ellos cuando suba y hacerme una idea de quien puede suponer una amenaza. Como me temía, este autobús está lleno de asiáticos. Jodidos enanos amarillos disfrazados de turistas. Pero he aprendido que el enemigo al que hay que temer es al que consigue sentarse a tu lado e incluso hacerte creer que es tu amigo sin que te des cuenta. ¡Pues me he dado cuenta mamones!.

Por lo demás, sólo hay un grupo de occidentales con una cara tan sosa que no pasaría nada si cayeran en un fuego cruzado. Al mirar a mi izquierda unos asientos más atrás reparo en un travesti con rasgos chinos al que no había visto al subir. Es como una mierda de extraterrestre que parece esconder dos granadas en sus prótesis de silicona. Ese pedazo de mierda se me ha quedado mirando. Espero que no lo eche todo a perder.

El autobús arranca y pronto coge una autopista que bien podría haber asfaltado una manada de topos. Los asiáticos me vigilan. Sólo llevamos dos horas de trayecto y me he dado cuenta de que duermen por turnos y de que hacen fotografías al paisaje para disimular.

Por si acaso, reviso mi material. Compruebo que tengo el cuchillo bien amarrado a la bota derecha, aunque los cordones algo desabrochados (mi sargento siempre dice que tengo las botas de puta barata más bonitas que ha visto en su vida). En los bolsillos de los pantalones tengo todo lo que necesito. Tabaco, algo de comida, cerillas…creo que, de momento, no pasará nada. Voy a intentar dormir un rato, el viaje será largo.

A la hora de haberme quedado dormido, un frenazo me estampa contra el asiento de delante. El autobús ha hecho una parada. Son las 12.30 horas y nos encontramos en una pequeña población del sur de la que no he oído hablar en mi vida. Todos los asiáticos bajan en tropel del autobús mientras yo no le quito ojo al travesti con su cargamento de armas mamarias. Mejor dicho, él no me lo quita a mi.

Yo también bajo del autobús y voy al baño para echar una meada. Después me quito las gafas oscuras y me lavo la cara. Apoyo la frente en el espejo y mientras las últimas gotas de agua resbalan por mi nariz me vienen imágenes como flashes fotográficos. Veo un montón de reclutas haciendo flexiones en el barro mientras el sargento grita con cierto eco "¡Venga, pandilla de mariconas!". También veo a cuatro militares con sus armas reglamentarias colgadas del hombro y jugando a las cartas mientras beben whisky a palo seco y exclaman "¡envido!". Dios, veo dos chinos apuntándome con no se qué y berreando al mismo tiempo a un palmo de mi cara "dos por uno, dos por uno".

Al instante, todo pasa. He devolver al autobús. Antes de salir del baño me toco la cabeza, completamente pelada, me miro al espejo y me doy ánimos. Por la rendija de la puerta veo al travesti con las berzas cargadas de TNT (ahora pienso que los asiáticos no son más que una panda de pobres hombres que seguro han contratado para despistarme y no saben muy bien su cometido. Por eso se compran todas las postales que hay a la entrada del local). Para que no me vea intranquilo salgo del baño con las gafas puestas y los pantalones marcando paquete, todo sin perderle de vista mientras toma un batido y se pasa la lengua por encima de unos labios de goma inflamados. No le pierdo ojo.

Sigo andando y de pronto me pego una ostia con el pico de una máquina que tiene un gancho de metal metido en una cristalera atestada de peluches que parecen sacados de un dibujo manga. ¡Su puta madre qué daño!. Pero qué coño, al menos ese montón de tetas de destrucción masiva se ha dado cuenta de con quien está jugando.

Aún tengo tiempo para beber algo y fumarme un Winston. Así que me acerco a la barra del antro y le pido al camarero que me ponga una Coke. "¿Una qué?", pregunta. "Una coca-cola". Sólo entonces me entiende, pero me dice que desde que Estados Unidos invadió Irak se niega a servir productos americanos. Que boicot total y que le den por el culo la crema de cacahuetes.

¡Pero quien coño te crees que eres, gordinflón sarnoso, que tu madre te parió borracha!. En ese momento me dan ganas de coger un palillero y clavárselo en la frente, para grabarle hasta que se muera un palillo por cada puta estrella de la bandera de los Estados Unidos de América. Al final me tomo una fanta de naranja a grandes tragos y noto cómo las chapas de identificación que llevo bajo la camiseta me rebotan en el pecho como latidos metálicos.

Es hora de volver a subir al autobús. Vuelvo a esperar a que suba todo el mundo antes que yo. Parece que todo sigue en orden. Los asiáticos siguen ahí, los occidentales como si no estuvieran y el travesti de los melones atómicos sigue mirándome y sacando la lengua, el muy lagarto.

Sin embargo, antes de sentarme veo que algo ha cambiado. Al fondo hay dos chicas rubias con ojos verdes mirando por la ventana y riéndose. No llevan sostén. Pero, además, oh my God, delante veo a dos hombres. Por todos los demonios, ¡son americanos!. Están sentados justo detrás del travesti que enriquece uranio más allá de sus pezones y pienso ¡joder, como adoro a mi país!. Antes de sentarme definitivamente les guiño un ojo en agradecimiento por los refuerzos, pero ellos se me quedan mirando sin decir nada. Todo un alarde de discreción y profesionalidad. El travesti saca la lengua hasta más allá de la barbilla.

Aún quedan unas dos horas y media de viaje por estas carreteras de tercera y el sol es abrasador. Los refuerzos parecen haber neutralizado al enemigo. Me han picado los mosquitos y no tengo agua, así que prefiero volver a dormir.

A las dos horas y media un frenazo me propulsa otra vez contra el asiento de delante. Esta vez me he dado en el ojo donde me había pegado el golpazo en el aquel antro del poblacho. Hemos llegado a la capital. No hay tiempo que perder. Tengo que completar la misión con éxito antes de que caiga el sol.

La situación es la siguiente: No creo que haya ningún enemigo entre los asiáticos. Los occidentales…., el problema es el puto travesti, que puede guardar un AK47 en cada teta y armar aquí una masacre para detenerme. Pero confío en ellos, en los dos americanos que están avisados de todo esto, si no no estarían aquí. Me enfundo las gafas, agarro el macuto y bajo del autobús. Me siguen por el pasillo dos occidentales (a los que me gustaría dar dos ostias sólo por repartir) y tras ellos viene el enemigo. Los americanos van detrás de él.

Cuando por fin bajo del autobús ando unos metros y miro hacia atrás. Mis compatriotas ya están justo detrás de mi. ¡Dios, cómo adoro a mi país!. Es el momento de salir de la estación para tomar un taxi como sea. Ahí lo veo, así que levanto un brazo y lo paro. Cuando voy a introducirme en el coche con mi macuto, el travesti echa a correr con los brazos abiertos y los dos detonadores a punto de romperle la camiseta. Trae la lengua fuera y dice algo así como ¡A-mol!, que debe ser algún tipo de jerga integrista. En ese momento, en un giro inesperado, uno de los americanos, que sostiene en la mano un mapa (para despistar), se vuelve sobre sí mismo y extiende un brazo como señalando algo que está muy lejos. Con esas, atiza en la cara al travesti terrorista que pasaba a su lado directo a por mi y le hace perder la estabilidad. Le veo dar tumbos por la acera, a cámara lenta, mientras sus pechos radioactivos están a medio metro del suelo. La explosión podría devastar toda la estación. Le grito al taxista que acelere por sus muertos y salimos haciendo ruedas. El taxista, además, se viene arriba con la escena y sube el volumen de la radio al máximo, de modo que en cuestión se segundos rodamos a 150 km/h por una calle desconocida de la capital con el heavy metal a todo trapo.

- ¡Me cagüen todo! - le digo- ¿Es que no sabes lo que es la discreción?.

A lo lejos escucho el sonido de varias sirenas y tengo la impresión de que nos siguen. Le digo al taxista que pare, pero no me escucha porque lleva la música demasiado alta. Al instante (para qué esperar más) saco de mi bota el cuchillo y se lo pongo en el cuello. Pega un frenazo y me voy hacia adelante. El incidente me cuesta un tajo autoinducido en el brazo derecho y 12 euros. Pero ya estoy cerca.

He entrado en una farmacia y cuando la mujer que la regenta me ve el brazo y el ojo se escandaliza y me ofrece ayuda, pero le digo que se esté quieta y que me indique la calle a la que voy. Resulta que está a tres manzanas más allá, así que me voy cagando leches sin dejarle que me termine de contar las bondades de unos preservativos con sabores que tiene en promoción.

Voy lo más pegado a la pared que puedo (el sargento siempre dice que la mejor forma de que no nos delaten las sombras es ser una sombra). Por fin llego a la dirección indicada y recuerdo que en el macuto tengo las llaves de esa casa. Ahora sólo tengo que entrar y seguir las últimas instrucciones. Me duele el ojo y el corte del brazo, que no para de sangrar. Al entrar, todo está en silencio. Por primera vez silencio en muchas horas. Parece un lugar tranquilo. Nada raro. Entro hasta el salón y allí algo me llama la atención. En una pequeña mesita veo un teléfono fijo, con un mensaje en el contestador, un chuchillo de grandes proporciones con una etiqueta adherida en la que aparece el número 9.70 (joder, juraría que es mi número de identificación) y una hoja blanca doblada por la mitad.

¿Qué debo hacer?. Al final tomo una decisión. Acciono el contestador intentando dominar mi pulso:

- Maripiii…que soy Lurdes. Oye hija, que no hacía falta que me devolvieses el cuchillo jamonero tan rápido. Me ha dicho tu marido cuando ha venido a traérmelo que os habéis comprado uno muy bueno y por menos de diez euros. Hija mía, qué chollos encontráis. Por cierto, que me ha comentado también que hoy viene tu hijo para quedarse definitivamente. Oye, pues fíjate lo que es la vida, que el otro día me dijo mi prima que su sobrino está haciendo la instrucción en el mismo sitio, así que igual se conocen y os veis en la jura de bandera. Bueno te dejo, besos.

Por fin abro la hoja de papel y veo escrito lo siguiente: "Cariño, hemos salido un momento para comprar una tartita para el postre, ahora volvemos".

Con lágrimas en los ojos me dirijo a una ventana, aparto las cortinas y me quedo mirando el horizonte, en el que una columna de humo negro comienza a tapar el sol del mediodía. ¿qué hora será en Vietnam?.

lunes, 5 de abril de 2010

Nº 4.298.464

Hay un avión que cada cierto tiempo vuela a la U.R.S.S. recorriendo el escaso metro y medio que separa los altavoces de mi equipo de música. Al principio sólo se escucha su ruido de turbinas a lo lejos y luego se va haciendo cada vez más presente hasta que, invisible, pasa ante mis ojos y casi puedo sentir mi pelo balancearse.

En ese momento George Harrison suelta un par de sonidos sin pretensión de melodía e inmediatamente toda la banda empieza a tocar una sola nota cortada, 'crescendo', como los aviones cuando despegan. La canción ya está lanzada y Paul McCartney entra en acción con un grito en falsete para dejar claro que eso es un rock n' roll. Segundos más tarde empieza a cantar: “Flew in from Miami Beach BOAC / Didn't get to bed last night / On the way the paper bag was on my knee / Man i had a dreadful flight / I'm back in the U.S.S.R / You don't know how lucky you are boy / Back in the U.S.S.R.”

En ese momento me pongo a hacer cosas por casa, pero siempre con un sentimiento reconfortante, ese poso que la belleza deja en el alma.

El disco blanco de los Beatles. Me lo regaló mi hermano hace unos años. Hasta entonces no lo había oído entero ni una sola vez. Soy de esos tíos raros que descubren a los Beatles cuando al resto del mundo ya no le emociona Yesterday. Pero es así. Me compró el vinilo con un cariño iniciático. ”Por lo visto no es fácil encontrar esta edición - me dijo -. Lleva las fotos de los cuatro dentro”. Entonces no existían los posters, así que la gente las pegaba en la pared. Total, que hay muy pocas ediciones por ahí con las fotos originales. La mía es la Nº 4.298.464.

Me gustó mucho la exclusividad que me brindaba aquel disco. Yo tenía las fotos y el resto de los mortales puede que no. Pero lo cierto es que aún no me gustaban los Beatles. En lo que se refiere a la música, seguía en esa fase maniqueísta en la que o eres de los Beatles o de los Rolling. Yo siempre he sido de los Stones.

Pero cuando tienes que barrer buscas ese disco que nunca pones porque intentas que esa siempre aplazable tarea se convierta en un momento mínimamente interesante. Fue así como empecé a 'pinchar' aquel disco blanco, a escuchar con atención el avión que viaja a la U.R.S.S. pasando de un lado a otro de los altavoces y cuando me enamoré de esas turbinas que parecen subir al cielo, como una púa que rasgase la cuerda más grave de una guitarra después de que McCartney cante “Didn't get to bed last night”.

Sin embargo, últimamente la dichosa canción me trae un recuerdo. Es de mi amigo Gonzalo, de cuando aprendíamos a tocar la guitarra y, aún sin batería, ensayábamos nuestras primeras canciones. Era verano.

- ¿Por qué no tocamos Back in the U.S.S.R.? - me preguntó.
- ¿De quién es esa? - le respondí sin arrepentirme de mi ignorancia.
- De los Beatles - me respondió algo incrédulo.

Al final le convencí para tocar Jimpin' Jack Flash, de los Stones. A él no le importó porque siempre tuvo más gusto que yo y ya para entonces era de los Beatles y de los Rolling, sin distinción.

No quise tocar aquella canción porque los Beatles eran el grupo de nuestros padres y porque U.S.S.R. era difícil de pronunciar. Así que, después de aquel intento, en aquel verano eterno, en aquel barrio madrileño, junto al aeropuerto, no volvimos hablar del tema.

Pero seguimos tocando la guitarra. Al final alquilamos un local de ensayo junto a las pistas del aeropuerto y allí, bajo los aviones que iban y venían, montamos una banda y la desmontamos a los diez años. En general, fui muy feliz. Nunca llegamos a tocar en directo ninguna canción de los Rolling ni de los Beatles. Y ahora, mientras barro mi casa, el avión vuelve a cruzar el salón y me trae una sensación reconfortante. Yo tengo el Nº 4.298.464.