"La meticulosidad conduce a menudo a la tiranía" (Rudolf Allers)



jueves, 23 de junio de 2011

GRISAELLA ISABELAE

Mi abuelo amaba las mariposas como, entonces, le amaba yo a él. De espaldas anchas, hasta parecía esconder un par de alas bajo la chaqueta. En nuestra cita diaria con el bosque, se apoyaba en su bastón y con los ojos protegidos por un raído sombrero de ala ancha, me hablaba de los lepidópteros.

Conocía sus nombres científicos y cuando los recitaba parecía un mago lanzando conjuros: Papillo Linneaus, Iphiolides Podalicios, Incidis io Linneo, Zagris Eupheme Esper. Yo le escuchaba. También en sus prolongados y reflexivos silencios en los que sólo dejaba escapar una espesa respiración. Fue en uno de los últimos días de agosto cuando vimos posada sobre el tronco de un árbol una Grisaella Isabelae, la reina de las mariposas. Grande como una mano, con forma de cometa y de color verde.

Los dos nos quedamos mirándola. Yo sabía qué mariposa era, me había hablado de ella durante todo el verano. La reconocerás nada más verla, me había dicho. Cuatro ocelos y dos antenas con forma de cepillo. Ahora estaba allí, no había duda. No había otra mariposa como esa. Como había hecho otras tantas veces la fui a coger. Pero esta vez él me detuvo poniéndome con rapidez el bastón en el pecho.

Permanecimos clavados firmemente sobre la tierra. Notaba su pulso a través del bastón. Su tensión me inquietaba. Después de unos instantes, en los que no me atreví a decir nada, aquella estaca de madera comenzó a temblar levemente sobre mi camiseta. Trémulo, el pulso de mi abuelo se desarbolaba. Pensaba que la emoción de ver aquella mariposa le estaba desbordando.

Pero ni aquella mariposa ni yo nos dimos cuenta hasta que todo había acabado. El bastón voló. Con un ágil movimiento, mi abuelo la reventó y estampó un colorido sello en el árbol. El estruendo de ambas maderas chocando se propagó con eco por el bosque. Yo me quedé sin respiración. Aún en silencio, mi abuelo se recolocó la chaqueta sobre los hombros y con la mirada ardiente me pidió que nunca hablara de aquello con nadie. Luego, de camino a casa me fue recitando más y más nombres de mariposas, como un mago lanzando maldiciones.

3 comentarios:

Escrito por dijo...

Jejeje. Ese final hace que la primera frase del relato resulte del todo ambigua. Mola.

Huckleberry dijo...

Magnífico relato. Hay magia aquí. Y es cierto: ese final es exactamente el que debería ser, y cambia por entero el cuento.

Justiniano dijo...

Muy bueno